Todos a tu alrededor ven el gran brillor. Se alza con gozo en el cielo; admiran su gran luz, pues penetra en sus retinas cual aguja en su piel, inyectando y creando llamas en sus cabezas. Flameantes anhelos de querer seguir sus vidas sin dejar de sentir tal calidez en sus entrañas, curiosos de saber si se les es reflejada pequeñas luces tenues en cada gota de sudor que recorre sus cuerpos al momento de dudar.

Siempre negada a mirar arriba, crees disfrutar lo que la sombra formada en el suelo te permite interpretar, limitando el probar nuevas chispas en tu cuerpo. Pasa el tiempo y tus huesos se coloran de oscuridad, atrapados por la umbra en la que tanto te solías fiar. No puedes parar de mirar cómo ahora es tu carne la que es consumida por la única forma en que creías que debía ser el mundo, tu mundo.

Sangre, células, pelos, órganos y llantos… ves desesperada cómo ya no te pertenecen, pues no hay chispa en ti que quiera trascender a algo que tu sombra no haya visto. Mientras ella toma lo que te separaba de no ser un ente, conoces la solución. Los poros de tu cara no quieren ser parte de un nada. Alzas la mirada, mantienes la vista cerrada, y es tu miedo a lo desconocido —formado al creer que explotarás por dejar a la luz ser parte de ti— quien te ahoga en tus lágrimas reprimidas por saber que no eres reconocida ni por tu propio reflejo.

Y se revelan tus pupilas ante el cielo, faros hechos para absorber y almacenar la luz. Las pulsaciones en tu cuerpo se aceleran, tus nervios se van tornando dorados, y la realidad que estaba por poseerte baja y escapa de vuelta a los rincones donde pretendías mantenerte segura.

"Estoy viva", dices a tu cabeza, y ella te responde con un suave "vives". Todo es más claro, pues entiendes que la única limitación para poder ser eras tú. Miras a tu alrededor y ya no queda la atmósfera de soledad que tanto te reconfortaba. Por primera vez logras distinguir a las personas más allá de ideas erróneas creadas por meras excusas de depender de ti misma.

Llamas crecen en ti. Quieres que cada órgano sea alimentado por el ardor que llega a tus ojos por parte del gran brillor. Vives la vida, pero siempre hay nuevas brasas que avivan de manera diferente tu cuerpo.

El tiempo pasa y cada nuevo combustible en tu cuerpo te aleja rápidamente del suelo, y a medida que subes, tus células se vuelven destellos. Ya no quieres pertenecer al resto; crees que, mientras ellos quieren ser masas de piel, tú puedes ser una estrella si logras unirte a la fuente de los anhelos de todos.

Serás luz y alimentarás los pensamientos de los demás si te haces notar más al formar parte de aquello a lo que tanto le temías. Bajas la mirada y ya no ves el suelo. Te separaste de lo que te hacía moralmente humana. Sonríes y te burlas de lo aburrida que sería tu vida si no estuvieras tan alto.

A lo lejos, tu sombra te observa, y aunque microscópica, logras verla. Asustada, la quieres hacer desaparecer brillando como nunca lo habías hecho.

Distingues el final y cierras los ojos esperando lo mejor. Eres fuego, y te preguntas si alguna vez habías vivido como lo haces ahora, mientras te mueves como estrella fugaz hacia tu destino. Entiendes la mano confiada y logras sentir cómo otra te recibe, y otra, y otra, y otra, y otra.

Tu mirada despierta, y logras observar asustada cómo partes humanas te jalan con ellas. Quieres escapar, pero te rindes ante el gran brillor y crees que lo mejor es dejarte llevar, mientras este toma tu energía: chispas, destellos, luces, flamas, fuegos, resplandor, fulgor. Querías dejar de ser carne, y en carne de otros diste a parar.

Bombilla fundida no sirve para nada si no hay luz que pueda generar, y, luciendo como ella, fuiste expulsada del cielo, cayendo en picada sin ninguna gracia de las que antes te importaban. Levemente ves, aturdida, cómo no eres la única en caída. Más personas acompañan tu triste destino, pero por estar tan enfocada en tu propia chispa, te hacías ajena a lo que hacían los demás.

Lluvia de nada, pues de la nada querían escapar, pero como nada caerán. Y solo si son inteligentes, la nada podrán aceptar y de su vida deberán formar.

Caes, y es tu propia sombra la que te recibe. No tienes nada más. Lloras y nadas en tus aguas, pero ya no te ahogas en ellas, pues tu sombra poco a poco te permite aprender de lo que fuiste y te motiva a lo que quieres ser.

Recurres a alzar la mirada al gran brillor de vez en cuando para obtener y manejar ambas partes. Tanto sombra como luz es lo que te hacen tú, y te hacen brillar propiamente. Ya no como un insecto que se guía por lo que más brilla, sino como una estrella que resplandece por sí sola en la oscuridad…

Pero eres arrogante, y extrañas lo viva que te sentías volando, a pesar del mal a tu estilo de vida. Te duele cada vez más, pues repites este proceso cuántas veces puedas, y, aunque arrepentida siempre al final, no quieres parar. Pues para ti, el brillar rápidamente y fuertemente es más que la serenidad de la chispa en tu alma.

Yo, a pesar de intentar hacerte valorar la luz que de ti puede emanar, me daré la vuelta. Intentarás volver a volar al lugar donde poco a poco toman parte de tu luz para mantener cálidos a los demás. Un cambio que, con dolor, no dependerá de mí al final.