Viento, viento navegando por la infinita corriente de la incertidumbre.
Cenizas de un sol extinto se posan en los bosques desolados de las mentes.
Crece la duda y se alimenta de la inquietud de un río doloroso y con llagas, de tanto alimentar un fin sin final.
Tiempo y desgracias acompañan los éxitos pequeños de esfuerzos sin testigos.
Navega el pez en su charco de memorias quemadas por su inocencia y la esperanza de ver una luz siniestra entre el ardor de su sentido propio.
Mírame, cara mía; mira tu fin oscuro, mira y desgárrate entre cada caricia suave de una mano de agujas.
Llórame y llora ante la verdad de un hecho que posa su pasado en un futuro incierto.
Te creo, creo en lo que creaste, pero no creo en creer en el pétalo dorado de una flor marchita en el fuego del abismo.
El fin de la nube llegó. Desaparece. Nace. Se contrae en sí misma. Cae con furia ante el suelo, desintegrando los recuerdos de su existencia.
Una fantasía de la mente de un individuo que expresa sus ideas para hacer notar sus modales ante el mundo poblado de ideas diferentes, incongruentes con las de sí mismo.
Agonía y amor se mezclan en el borde del universo. Nacen nuevas ideas descoloridas buscando quién las acepte. Dame solución, espejo de mi piel, de la realidad habitada por la ignorancia de no saber mis anhelos.
Es el fin del inicio, el fin de unos versos: palabras y letras que forman un instante, eterno pensamiento del absurdismo glorioso de vivir.