7:00 a.m en algún barrio de la ciudad
Todo había acabado: las guerras y la hambruna mundial; el calentamiento global era algo de ayer, decían los científicos; y todas las enfermedades habían encontrado su cura. Se reportó que nadie murió en mi region estos días, excepto por una persona. Pero, por todo lo demás, se definió como el día más feliz del mundo.
Me acerqué a mi mejor amiga para celebrarlo con ella, pues ¿Quién mejor que ella para celebrar tan gratas noticias? Toqué su timbre y ya tenía listo un grito de emoción para verla. Ella abrió lentamente la puerta y, antes de poder decirle algo, sus ojos derramaban lágrimas.
Me quedé impactado, pues no pensé que existiera alguna razón para llorar en este gran día. A lo que ella me dijo suavemente: "Es el día más triste de mi mundo… mi mamá falleció hoy Josh". Me dijo que después hablábamos y cerró la puerta.
Me fui al parque, cerca de su casa, pensando en cómo pudo pasar. Cómo ahora, para ella, el día más feliz del mundo será el día más triste para siempre, pues no hay forma de cambiar una muerte tan cercana. Y cómo la única muerte del día afectó a la persona con quien quería estar hoy. Y entre tanto pensar, solo pude llorar. Solo, en una banca. Mientras todos afuera festejan.
5:56 pm en algún lugar del centro de la ciudad
Las empresas reportaron un crecimiento del 100%. La inflación en todos los países pareció haber acabado, el desempleo desapareció y se acordó pagar siempre un salario monetariamente justo a todos.
Mi jefe decidió organizar una fiesta en la empresa. Me dio la mano, me tocó el hombro y dijo:
—Lo logramos, Emma. Es el día más feliz del mundo, y nosotros somos los más afortunados del mundo, como todos los demás acá. Te quiero felicitar; gran parte de este éxito te lo debemos a ti.
No pude contener las lágrimas y lo abracé.
Todo pareció avanzar relativamente normal. Fui a buscar al jefe en su oficina para darle un regalo que tenía preparado desde hace ya tiempo, por su gran liderazgo. Escuché otras voces con él charlando. Siempre necesita privacidad para ese tipo de reuniones, y cuando estaba a punto de darme la vuelta para irme, escuché:
—No me importa una mierda mis empleados.
No pude evitar la curiosidad. Me acerqué un poco.
—Solo denme el dinero de este mes y seguiré encubriendo sus cosas. Ese era el trato, ¿no?
Era lo último que esperaba escuchar del mismo hombre que me sonreía todas las veces que nos veíamos.
Las lágrimas que alguna vez lloraron por la felicidad de sus palabras ahora lloraban por la traición de ellas. Bajé todos los pisos de la torre, tratando de asimilar lo que acababa de pasar.
Salí a la calle. El sol se estaba poniendo y el desfile del Día Más Feliz del Mundo estaba por empezar. Miré la torre, en la que tanto amor puse, que seguía creciendo debido a la corrupción de su líder, y me fui sin decir nada, en uno de los días más impactantes de mi mundo.